Cómo ser una buena madre o un buen padre
La crianza suele estar marcada por lo que los padres consideran correcto, deseable o importante. En ese proceso, sus propios deseos y expectativas pueden anteponerse a los sentimientos, las necesidades, las capacidades y las posibilidades del niño. Por eso, comprender nuestra forma de educar empieza por una reflexión sencilla, pero importante: ¿aceptamos a nuestro hijo con todos sus rasgos, le permitimos expresar su propia personalidad y somos conscientes de los momentos en los que le exigimos demasiado, reaccionamos con excesiva dureza, cedemos sin necesidad o cambiamos las normas? Las respuestas a estas preguntas revelan qué relación estamos construyendo con nuestro hijo y hasta qué punto estamos dispuestos a adaptar nuestra forma de educar a sus necesidades reales.

En este artículo
La cercanía emocional como base de la crianza
El ambiente en el que crece un niño influye mucho en su desarrollo. En él ocupan un lugar especial la calidez de las relaciones familiares, el sentimiento de aceptación y la forma en que padres e hijos se expresan sus sentimientos. Ese vínculo emocional no solo determina cómo se siente el niño en su familia. También moldea su manera de entender las relaciones entre las personas, y las experiencias de la infancia pueden influir en cómo educará a sus propios hijos cuando llegue a ser padre o madre. Sin embargo, la calidad de la relación entre padres e hijos no depende únicamente de las características y las acciones de los padres. Desde que nace, el niño participa activamente en esa relación. Su temperamento, su forma de reaccionar y sus necesidades individuales también influyen en la conducta de los adultos, por lo que la relación con cada hijo se desarrolla de una manera particular.
¿Por qué una misma forma de educar no sirve para todos los niños?
A los padres con dos o más hijos suele sorprenderles lo distintas que pueden ser sus experiencias. Un niño puede crecer sin grandes dificultades cotidianas, mientras que otro necesita mucha más atención, adaptación y paciencia. Una forma de actuar que daba excelentes resultados con uno puede resultar completamente ineficaz con otro e incluso provocar la reacción contraria. Estas diferencias no son extrañas. Desde muy pequeños, los niños se distinguen por numerosos rasgos, algunos de los cuales son en gran medida innatos y no pueden cambiarse sustancialmente mediante la educación. El temperamento, las características físicas, el sexo, el estado de salud y la capacidad de adaptación son solo algunos de los factores que influyen en su conducta y en la forma en que sus padres los tratan. Algunos bebés tienen un ritmo de sueño y alimentación relativamente previsible, suelen estar de buen humor, gozan de buena salud y se adaptan con facilidad a los cuidados diarios. A sus padres les resulta más sencillo reconocer y atender sus necesidades. Otros bebés, en cambio, lloran a menudo, se irritan con facilidad y tienen un ritmo propio de alimentación y sueño que a sus padres les cuesta seguir. Su comportamiento puede parecer imprevisible, y los intentos de establecer una rutina regular no siempre dan los resultados esperados. Para una madre, un día a día así puede llegar a ser muy agotador. A veces, el cansancio y la tensión constantes se convierten en decepción y dudas sobre sus propias capacidades. Cuando se añade la incomprensión del entorno, especialmente los comentarios sobre el llanto del bebé, las dudas sobre su capacidad para criar a su hijo pueden acentuarse. Aun así, que un niño necesite más atención y paciencia que otro no significa, por sí solo, que sus padres lo estén educando peor. Tener en cuenta las diferencias individuales entre los niños es una parte importante de la comprensión de su conducta.
Tu hijo no necesita unos padres perfectos
No existe una receta única para una crianza perfecta, ni el niño necesita a un adulto que nunca se equivoque. Es mucho más importante que tenga a su lado una madre o un padre que le quiera, le comprenda y le oriente, y que al mismo tiempo asuma la responsabilidad de las decisiones que aún no puede tomar por sí solo. La función de los padres implica guiar, establecer límites y velar por el bienestar del niño, mientras este aprende poco a poco a responsabilizarse de las tareas que ya puede realizar. Cada madre y cada padre tiene derecho a sus propias convicciones y a su estilo personal de educar. Ahora bien, la paciencia y la coherencia aportan a ese estilo una estabilidad en la que el niño puede apoyarse. Cuando el niño aprende a confiar en sus padres a través de la relación cotidiana, le resulta más fácil desarrollar seguridad en sí mismo y en sus capacidades. Esas experiencias también van construyendo la confianza en otras personas, una base importante para llegar a ser una persona madura y responsable. El texto original menciona el crecimiento del niño sin dificultades importantes del desarrollo como uno de los indicadores de una crianza satisfactoria. Sin embargo, esa valoración no sustituye la comprensión de la propia relación entre padres e hijos.
Aceptar a un niño significa conocerlo tal y como es
El amor de los padres no se refleja solo en la atención a las necesidades cotidianas. También se expresa en la capacidad de aceptar al niño como una persona con identidad propia, cuyos rasgos no tienen por qué coincidir con nuestros deseos y expectativas. Si un niño es muy activo, no es realista esperar constantemente que sea tranquilo y reservado. Del mismo modo, no se debe exigir a un niño prudente y más temeroso que se muestre abierto, rápido y dispuesto a reaccionar de inmediato en todas las situaciones. Aceptar al niño supone respetar su forma de ser, en lugar de intentar amoldarla continuamente a una idea preconcebida del hijo ideal.
Cuando el niño no siente el amor de sus padres
La falta de interés emocional puede adoptar distintas formas, desde un trato frío e indiferente hasta una aversión manifiesta hacia el niño. Para un niño es difícil soportar la falta de amor de sus padres. No solo importa lo que estos sienten, sino también hasta qué punto el niño puede reconocer y sentir ese amor. Es posible que los padres quieran sinceramente a su hijo, pero que, desbordados por el trabajo, las preocupaciones u otros problemas, no consigan demostrarle suficientemente ese amor. Aunque atiendan sus necesidades a diario, su atención puede estar siempre centrada en otras obligaciones. El niño puede sentir entonces que sus padres están presentes físicamente, pero distantes emocionalmente. Percibe que sus pensamientos están en otra parte y puede concluir que lo que le ocurre, lo que siente o lo que quiere compartir no es lo bastante importante como para despertar su interés. Esa vivencia de falta de disponibilidad emocional puede ser dolorosa incluso cuando el amor de los padres es real.
La separación de los padres y el sentimiento de rechazo
Algunos padres se esfuerzan mucho por ofrecer a su hijo una vida cómoda, pero dejan la mayor parte del cuidado directo en manos de otras personas. El niño puede pasar cada día con quienes lo cuidan y los fines de semana y las vacaciones con otros familiares. En algunas familias, el niño vive durante años con sus abuelos, incluso sin que exista una necesidad imperiosa de hacerlo. El texto original advierte especialmente sobre las separaciones prolongadas durante los primeros años de vida y las relaciona con posibles dificultades posteriores para establecer cercanía emocional y confianza. Según esa descripción, al volver con sus padres el niño puede tener dificultades para construir con ellos la relación que necesita, porque ha vivido la separación anterior como un rechazo. Además, el niño puede empezar a creer que él mismo es responsable de la falta de atención de sus padres. En lugar de comprender las circunstancias que llevaron a la separación, puede concluir que no es lo bastante bueno, inteligente, obediente, exitoso o guapo como para merecer amor. Estas creencias pueden debilitar su confianza en sí mismo y la imagen que se forma de sus propias capacidades. Al sentirse inseguro, el niño puede empezar a buscar maneras de atraer la atención de sus padres y ganarse su afecto. A veces, esto se manifiesta mediante rabietas intensas, conductas agresivas, rechazo a la comida o negativa a hablar. La descripción original señala que, cuando esos intentos no consiguen la cercanía deseada, las reacciones pueden intensificarse hasta llegar a una gran agresividad o, por el contrario, al retraimiento y al aislamiento social. Estas consecuencias no deben entenderse como resultados inevitables de cualquier separación. Son posibles patrones descritos en el material original, y su aplicabilidad general requiere una valoración profesional.
¿Por qué a veces cuesta aceptar al propio hijo?
Los motivos del rechazo emocional hacia un hijo pueden ser complejos, y los padres a menudo no son del todo conscientes de lo que influye en su conducta. Una de las posibles razones se encuentra en su propia infancia. Una madre o un padre que no haya vivido suficiente aceptación puede repetir, sin darse cuenta, los patrones de conducta de sus propios padres. En ocasiones, los sentimientos de ira y hostilidad no resueltos hacia los propios padres se expresan en la relación con el hijo. En otros casos, el adulto reconoce en el niño rasgos que considera defectos propios y reacciona ante ellos con aversión. Una forma especialmente grave de esta conducta aparece cuando uno de los progenitores utiliza al niño para hacer daño al otro. Esto puede ocurrir durante una separación o un divorcio, cuando los conflictos no resueltos entre los adultos empiezan a afectar a su relación con el niño. Todos estos ejemplos tienen en común la posibilidad de que el niño soporte las consecuencias emocionales de experiencias, sentimientos y conflictos que en realidad pertenecen a los adultos.
La falta de coherencia al educar: cuando las normas cambian con el estado de ánimo de los padres
Al niño le resulta más fácil comprender los límites cuando las reacciones de sus padres mantienen cierta constancia. En cambio, unas normas que cambian continuamente pueden generar inseguridad y confusión. La falta de coherencia al educar puede aparecer especialmente cuando los padres están desbordados por las obligaciones diarias, agotados o faltos de tiempo y paciencia. Una madre que está siempre cansada puede castigar en un momento dado una conducta ante la que habitualmente no reacciona y, al día siguiente, permitir precisamente lo que antes prohibía. A veces cede simplemente porque necesita descansar un poco o terminar una tarea sin interrupciones. Algo parecido puede suceder con los padres que pasan poco tiempo con sus hijos por motivos de trabajo. Para evitar conflictos durante los momentos que comparten, les permiten casi todo, hasta que la conducta del niño empieza a provocarles frustración. Entonces, incluso un incidente menor puede desencadenar un castigo repentino y excesivamente severo. Al niño le cuesta entender por qué una misma cosa unas veces se permite y otras se castiga. Poco a poco pierde seguridad en su propia comprensión de las normas y en la previsibilidad de las reacciones de sus padres. Esta confusión puede ir acompañada de miedo y de dudas sobre si el amor de sus padres es realmente constante. El texto original describe la posibilidad de que el niño se defienda de esos sentimientos mediante diversos problemas de conducta y reacciones que denomina neuróticas.
Los padres tienen derecho a equivocarse y la responsabilidad de reconocerlo
Ninguna madre ni ningún padre puede actuar con absoluta coherencia en todo momento. Una injusticia ocasional, una decisión equivocada o una reacción influida por el cansancio forman parte de la realidad de la vida familiar. La disposición de los padres a reconocer su propio error puede cambiar la manera en que el niño vive esa situación. El niño puede entender que su madre o su padre se haya equivocado o haya sido incoherente, sobre todo cuando el adulto asume abiertamente su responsabilidad en lugar de culpar al niño de su propia actuación. Así se abre la posibilidad de que un error ocasional no dañe la confianza que se va construyendo en la relación.
Cuando la madre y el padre tienen normas distintas
La falta de coherencia no aparece solo en la conducta de uno de los progenitores. También puede surgir de los desacuerdos entre la madre y el padre sobre cómo educar al niño. Las diferencias de criterio no son necesariamente la mayor dificultad en sí mismas. El niño puede adaptarse a que sus padres no tengan exactamente la misma forma de educar, especialmente si ambos aceptan y respetan esas diferencias. Los conflictos que surgen a raíz de esos desacuerdos pueden constituir un problema mucho mayor. Si uno de los progenitores prohíbe algo y el otro lo permite de inmediato, es comprensible que el niño recurra más a menudo al más permisivo. Sin embargo, la situación no solo favorece al que cede más. Según la explicación original, el niño puede perder al mismo tiempo la confianza en ambos, porque deja de percibir sus decisiones como fiables. Por tanto, no es necesario que los padres piensen exactamente igual. Es mucho más importante que sus diferencias no se conviertan en una fuente constante de conflictos e inseguridad para el niño.
Expectativas poco realistas: cuando la vida del niño se convierte en el proyecto de sus padres
Algunos padres imaginan el futuro de su hijo mucho antes de que tenga ocasión de mostrar sus propios intereses y capacidades. Esperan que tenga éxito en todo, que obtenga los mejores resultados y que se desarrolle según un plan trazado de antemano que deja poco espacio a sus necesidades individuales. Esta forma de relacionarse suele implicar indicaciones, consejos y exigencias constantes. No se acepta que el niño se oponga, y no cumplir las expectativas puede dar lugar a un castigo. Los padres fijan el horario de casi todas las actividades: cuándo come, duerme y juega el niño, qué se pone y con quién se relaciona. Dan especial importancia al orden, la limpieza y la disposición a seguir cualquier instrucción sin vacilar. Del niño se espera, ante todo, obediencia. Sus deseos y sus posibilidades en ese momento suelen quedar en segundo plano, mientras que el éxito se mide por lo bien que sigue los planes de sus padres. A veces, estos niños empiezan muy pronto a aprender idiomas, a asistir a clases de música o ballet, o a participar en otras actividades organizadas. Sin embargo, el número de actividades no determina por sí solo la calidad de su desarrollo. El problema aparece cuando las exigencias superan lo que el niño puede asumir.
Las consecuencias de la presión constante por ser el mejor
Un niño que tiene que obtener buenos resultados constantemente puede empezar a vivir cada fracaso como una decepción para sus padres. Si las expectativas superan sus posibilidades reales, aparece la frustración por no poder cumplir lo que se le exige. De esa experiencia puede surgir el sentimiento de no ser suficiente y, más adelante, la culpa. La presión por ser perfecto en todo deja poco espacio para el aprendizaje natural a través de los intentos, los errores y el dominio gradual de nuevas habilidades. El texto original también señala que los planes de los padres basados en exigencias tan elevadas a menudo no se cumplen. Pese al esfuerzo invertido y al control constante, el futuro del niño no tiene por qué coincidir con las expectativas trazadas de antemano.
Los padres que critican constantemente
Hay padres que casi nunca muestran satisfacción por lo que hace su hijo. Incluso cuando están contentos con su conducta o sus logros, evitan elogiarle por miedo a que ese reconocimiento le vuelva consentido o haga que deje de esforzarse. En lugar de ánimo, la relación se caracteriza por observaciones negativas, reprimendas y críticas frecuentes. Se compara al niño con otros de su edad que supuestamente son más inteligentes, tienen más éxito o son mejores, y en ocasiones también se le ridiculiza o se hacen burlas de él. Enfrentarse continuamente a sus supuestos defectos puede ir debilitando la confianza del niño en sí mismo. En vez de desarrollar seguridad en sus capacidades, empieza a dudar de su propio valor. Al compararse con los demás, puede sentir que es menos capaz y que obtiene peores resultados, una vivencia que suele ir acompañada de insatisfacción consigo mismo. Cuando el niño rara vez recibe reconocimiento por su esfuerzo y por lo que ha hecho bien, la crítica puede convertirse en su manera de verse y valorarse a sí mismo.
La sobreprotección: cuando el cuidado empieza a limitar la autonomía
Durante los primeros meses y años de vida, el niño depende en gran medida de los adultos. La disposición de sus padres a protegerlo, ayudarlo y atender sus necesidades es entonces una parte imprescindible de su cuidado. Sin embargo, a medida que crece, sus posibilidades cambian. Poco a poco quiere intentar hacer más cosas por sí mismo, y la ayuda de los padres debe acompañar ese desarrollo. El problema aparece cuando los padres siguen actuando como si el niño fuera completamente indefenso, aunque ya esté preparado para realizar actividades sencillas. El niño quiere comer solo, ponerse los zapatos o alcanzar un objeto, pero su madre o su padre lo frena constantemente. Le advierte de que es demasiado pequeño, de que no sabe hacerlo, de que podría caerse o mancharse, y después hace la tarea por él. Estas reacciones pueden nacer de una preocupación sincera, pero al mismo tiempo dejan al niño sin la oportunidad de poner a prueba sus capacidades. Si los adultos asumen una y otra vez lo que el niño puede aprender a hacer solo, su autonomía se desarrolla con más dificultad. Puede seguir dependiendo excesivamente de sus padres, sentirse inseguro de sus capacidades y tener miedo a las nuevas experiencias.
¿Cómo reacciona un niño al que no se le permite crecer?
Un niño que se siente vigilado constantemente puede desarrollar una fuerte resistencia a las restricciones de sus padres. A veces, esa resistencia se expresa mediante enfado, exigencias excesivas o desobediencia en el entorno familiar. Al mismo tiempo, fuera de casa ese mismo niño puede mostrarse especialmente tranquilo, obediente, temeroso e inseguro. En esas circunstancias puede tener la impresión de que su madre está siempre presente, no le permite asumir ningún riesgo y sigue viéndolo como un niño pequeño, con independencia de sus capacidades reales. El texto original también relaciona la sobreprotección con la posibilidad de que el niño se vuelva exigente y se centre principalmente en sus propias necesidades. Asimismo, describe dificultades para hacer amigos y problemas posteriores para comunicarse con otras personas.
¿Por qué algunos padres se vuelven sobreprotectores?
Los motivos por los que un niño ocupa un lugar especial en la vida de sus padres pueden ser diversos. A veces, el niño tiene un problema de salud o un trastorno del desarrollo que aumenta la necesidad de sus padres de protegerlo. En otras familias, el nacimiento del niño se ha esperado durante mucho tiempo. Puede haber estado precedido por dificultades para concebir, infertilidad o un embarazo que necesitó cuidados especiales para seguir adelante. En ocasiones, la relación de los padres ya estaba marcada por problemas conyugales graves antes del nacimiento. En esas circunstancias, la madre puede vivir la llegada del niño como una especie de recompensa tras las dificultades, las decepciones y las expectativas no cumplidas del pasado. La descripción original presenta a estas madres como personas muy responsables, fuertemente vinculadas a la familia y con una marcada necesidad de ejercer su función de cuidado materno. En el modelo familiar descrito, el padre suele participar menos en la toma de decisiones y tener menos autoridad en su relación con la madre y el niño. La sobreprotección puede estar relacionada entonces con una atención emocional especialmente intensa de los padres hacia el niño.
Cuando la protección se convierte en una permisividad excesiva
Algunos niños que crecen con una crianza muy protectora empiezan a mostrarse rebeldes, desafiantes y muy exigentes con sus madres. Al intentar complacer al niño o evitar conflictos, la madre puede volverse cada vez más permisiva, mientras el niño trata de tomar el control de las situaciones cotidianas. Uno de los ejemplos que se menciona es la conducta en una tienda. El niño exige que le compren algo y, cuando no consigue lo que quiere, reacciona con protestas vehementes y una rabieta intensa para intentar cambiar la decisión de sus padres. Si el adulto se muestra impotente y cede una y otra vez, la relación puede quedar marcada por unas exigencias cada vez mayores del niño y una capacidad cada vez menor de los padres para establecer límites.
La severidad excesiva: cuando la obediencia importa más que el desarrollo
Una educación estricta suele basarse en la expectativa de que el niño obedezca sin rechistar y se ajuste a las normas de sus padres. Los padres pueden entonces restringir en exceso conductas habituales a la edad del niño. Gritar, saltar, correr, golpear objetos y jugar con energía puede resultar agotador para los adultos, pero también forma parte de la manera natural de expresarse y jugar de los niños. El problema surge cuando los padres interpretan esas conductas principalmente como una desobediencia que hay que reprimir. La severidad excesiva también puede manifestarse en exigencias que no se ajustan al grado de madurez del niño. Por ejemplo, puede esperarse que un niño de tres años recoja sus juguetes completamente solo, aunque todavía necesite ayuda u orientación para hacerlo. A un niño activo por naturaleza se le puede exigir que, al visitar a otras personas, permanezca inmóvil, no toque nada, no deje objetos esparcidos y se comporte de manera impecable en todo momento. Estas expectativas pueden superar las capacidades reales del niño en esa etapa de su desarrollo.
Cuando los padres intentan moldear al niño a su imagen
Los padres que tienden a ser excesivamente estrictos suelen dedicar mucha energía a intentar que su hijo sea exactamente como ellos. Pueden justificar su forma de educar con la convicción de que una disciplina estricta lo preparará mejor para el futuro y evitará que se convierta en un niño consentido. Cuando el niño tiene mucha energía o no se muestra lo bastante obediente, algunos padres llegan a buscar la ayuda de un psicólogo porque consideran que su conducta constituye un problema. Intentan conseguir una obediencia absoluta mediante castigos y sermones largos y frecuentes sobre lo que el niño puede y no puede hacer. Sin embargo, el niño a menudo no tiene aún la madurez necesaria para comprender buena parte de esas explicaciones. En lugar de asimilar el mensaje que se quiere transmitir, puede sentirse confundido y asustado. Un control externo excesivo puede limitar el desarrollo de su autonomía y de su capacidad para iniciar actividades y tomar decisiones por sí mismo. Las consecuencias también pueden observarse en las relaciones con otros niños de su edad. El niño puede mostrarse especialmente educado y obediente entre los adultos, que a menudo lo elogian y lo ponen como ejemplo. Al mismo tiempo, puede tener dificultades para participar en igualdad de condiciones en los juegos y las actividades con otros niños, e incluso sufrir rechazo.
Un castigo severo no significa que el niño haya aprendido a regular su conducta
El texto original relaciona consecuencias especialmente graves con el uso de castigos severos, en particular del castigo físico. Un niño que en casa se muestra muy tranquilo y obediente puede comportarse de manera completamente distinta en la escuela infantil o en el colegio. Con otros niños puede volverse brusco y agresivo e intentar dominar a toda costa. Esta diferencia de conducta se describe como un indicio de que el niño no ha desarrollado un control interno propio, sino que actúa en función de la presión que ejercen los adultos. Resulta llamativo que, en este aspecto, la educación excesivamente estricta se relacione con un problema similar al que puede aparecer con padres muy permisivos. En ambos casos, el niño puede tener dificultades para desarrollar un control autónomo de su conducta, aunque las formas de actuar de los padres sean casi opuestas. Cuando hay una severidad excesiva, abundan la vigilancia y las restricciones, pero falta comprensión. El niño se adapta a las exigencias externas sin desarrollar suficientemente la capacidad de regular su propia conducta.
La resistencia encubierta y las reacciones físicas
Un niño que teme oponerse abiertamente a unos padres estrictos puede desarrollar maneras menos evidentes de eludir sus exigencias. A veces parece descuidado, actúa como si no hubiera oído una instrucción u olvida con frecuencia lo que se le ha dicho. Si se le obliga a comer, puede intentar esconder la comida para escapar al control de sus padres. En algunas situaciones, la tensión emocional también puede expresarse a través de molestias físicas. El texto original menciona los dolores de cabeza, de estómago y en la zona del corazón como posibles reacciones psicosomáticas relacionadas con estas experiencias. Por eso, tardar más en dominar una habilidad u obtener peores resultados que otros niños de su edad no tiene por qué significar que el niño sea menos inteligente o perezoso. A veces, detrás de esas dificultades pueden estar el miedo, la inseguridad y la falta de confianza en sus propias capacidades.
¿Cómo ayudar a tu hijo a ganar confianza en sí mismo y a progresar?
Cuando un niño tarda más en adquirir determinadas habilidades o no consigue cumplir las expectativas, aumentar la presión no es la única respuesta posible. Es mucho más útil examinar con atención qué se lo impide y qué apoyo necesita de sus padres. El texto original ofrece siete pautas orientadas al desarrollo de la autoestima, la autonomía y la confianza en las propias capacidades.
1. Ayúdale a reconocer su propio valor
La autoestima se desarrolla a través de experiencias en las que el niño reconoce su propio valor y comprende que puede confiar en sus capacidades. Cuando los padres le demuestran con su trato que lo valoran, el niño va construyendo una imagen más positiva de sí mismo. Esa seguridad puede ayudarle a aceptar nuevas tareas con mayor disposición, intentar dominar habilidades desconocidas y afrontar situaciones que le exigen esfuerzo. Un niño que tiene una buena opinión de sí mismo encuentra con más facilidad el valor para volver a intentarlo.
2. Reconoce su esfuerzo y sus intentos de hacerlo bien
En lugar de centrar constantemente la atención en los errores, conviene fijarse en lo que el niño intenta hacer bien. Su esfuerzo, sus acciones positivas, sus intereses y sus inclinaciones merecen apoyo y ánimo, aunque el resultado final aún no sea el esperado. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta cuántas exigencias y obligaciones se le imponen. Una carga excesiva puede provocar estrés, y ese mismo estado puede dificultar que complete las tareas con éxito. Dicho de otro modo, aumentar continuamente la presión no tiene por qué mejorar los resultados del niño. A veces puede producir el efecto contrario.
3. Ofrécele ayuda y deja espacio para la autonomía
El apoyo de los padres debe ser equilibrado. Si los adultos hacen siempre las tareas por el niño, este no tiene suficientes oportunidades de ganar confianza en sus capacidades. Pero tampoco resulta útil dejarlo completamente solo ante una tarea que aún no sabe resolver. La forma de actuar que el texto original describe como la mejor combina la orientación inicial con el trabajo autónomo. La madre o el padre puede ayudar al niño a empezar una actividad, enseñarle cómo abordar la tarea u ofrecerle el apoyo que necesita, y después dejar que continúe y termine por sí mismo. Así, la ayuda no sustituye el esfuerzo del niño, sino que le permite desarrollar su autonomía poco a poco.
4. Establece expectativas que pueda cumplir
Las expectativas de los padres tienen su lugar en la educación, pero deben ajustarse a las posibilidades reales del niño. Si el nivel de exigencia está siempre por encima de lo que puede alcanzar, el niño puede llegar a sentir que, por mucho que se esfuerce, nunca tendrá suficiente éxito. Esa experiencia no ayuda a construir la confianza en sí mismo. Por eso es importante que las exigencias sean alcanzables y que su complejidad aumente de forma gradual, a medida que el niño progresa. De este modo, el niño tiene la oportunidad de superar nuevos retos sin sentir constantemente que no consigue cumplir las expectativas de sus padres.
5. Procura que las reacciones positivas sean mucho más frecuentes que las negativas
El texto original propone cinco reacciones positivas por cada castigo o reacción negativa y presenta la proporción 5:1 como una combinación especialmente eficaz. Entre las reacciones positivas menciona el elogio, el ánimo y una sonrisa cálida. Entre las negativas incluye las reprimendas, las críticas, la indiferencia e incluso fruncir el ceño. La idea central de esta pauta es que el niño perciba el reconocimiento de sus padres por su buena conducta y su esfuerzo con mucha más frecuencia que su descontento y sus juicios negativos. Esta proporción pertenece al planteamiento del texto original y no debe presentarse como una regla científica universalmente demostrada sin una verificación adicional.
6. Antes de criticar, fíjate en lo que está bien
Al valorar el trabajo o la conducta de un niño, conviene empezar por lo que ha salido bien. Aunque los aspectos positivos no sean fáciles de identificar, merece la pena buscarlos con atención. Después puede destacarse algo interesante de su intento, como una idea original o una forma poco habitual de abordar la tarea. Solo después de considerar estos aspectos llega el momento de señalar lo que realmente necesita corregirse. La crítica debe ser constructiva y centrarse en algo que el niño pueda comprender y mejorar. El texto original también propone una forma sencilla de revisar la propia conducta: durante unos días, anota los elogios y las reacciones negativas que diriges a tu hijo. Después, observa qué proporción hay entre unos y otras. Según la regla propuesta, si por cada reacción negativa hay menos de cinco elogios, es una señal de que convendría plantearse un cambio en la forma de educar. Si el niño recibe continuamente más críticas que reconocimiento por su esfuerzo, puede empezar a creer que nunca conseguirá cumplir las expectativas de sus padres. Esa vivencia puede reducir su autoestima y aumentar su sensación de ansiedad.
7. No conviertas cada actividad en una ocasión para elogiarle
Aunque las respuestas positivas son importantes, un exceso de elogios también puede crear dificultades. Si el niño espera siempre un elogio por lo que hace, puede empezar a interpretar cualquier otra respuesta como una señal de fracaso. Por eso no es necesario que los padres evalúen y juzguen constantemente cada una de sus acciones. A menudo, para el niño es más importante sentir que los adultos realmente lo ven, lo escuchan y se fijan en él. Por ejemplo, cuando enseña un dibujo, no hace falta que su madre o su padre diga de inmediato que es precioso o perfecto. Puede limitarse a observar que ha pintado la casa de azul y ha dibujado nubes encima. También puede preguntarle qué representa alguna parte del dibujo. Esta reacción muestra un interés real por lo que el niño ha hecho y le deja espacio para hablar de su trabajo, sin necesidad de calificar cada intento como un éxito o un fracaso.


