Las bases de una crianza saludable
La crianza no empieza cuando un niño dice su primera palabra, da sus primeros pasos o aprende a distinguir lo permitido de lo que no lo está. Sus bases se construyen mucho antes, en los primeros encuentros, contactos, miradas y experiencias cotidianas a través de las que va conociéndose a sí mismo y descubriendo el mundo.

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Mucho antes de entender las palabras, el niño ya percibe seguridad, cercanía, inquietud y el estado de ánimo de quienes le rodean. A partir de esas primeras vivencias comienza a construir la confianza, a desarrollar un sentido de su propio valor y a dar forma a su manera de relacionarse con otras personas en el futuro.
Por eso, una buena crianza no puede reducirse a un conjunto de normas o técnicas para conseguir que el niño obedezca. Implica comprender su desarrollo, reconocer sus necesidades, establecer cercanía emocional e introducir poco a poco límites que le ayuden a convertirse en una persona autónoma, segura y responsable.
En este proceso son igual de importantes la estabilidad emocional de los padres y su forma de responder al comportamiento del niño. Un niño no crece al margen de su entorno familiar. Su desarrollo y las experiencias cotidianas de sus padres se influyen continuamente.
La relación entre padres e hijos empieza antes del nacimiento
El vínculo entre padres e hijos comienza a formarse durante el embarazo y, en cierto sentido, incluso antes de la concepción. Los futuros padres imaginan cómo será su hijo, qué temperamento tendrá y cómo será la vida en común. Estas expectativas pasan a formar parte, poco a poco, de su relación emocional con el niño.
Durante el embarazo, la experiencia de ser padres se vuelve más cercana. La madre atraviesa cambios físicos, hormonales y emocionales que la preparan para la llegada del bebé. Su atención se orienta cada vez más hacia el cuidado, la protección y la cercanía con su hijo. El padre también se prepara para la paternidad. Su papel, especialmente en la concepción tradicional de la familia, suele asociarse con ofrecer seguridad y apoyo a la madre y al niño. Sin embargo, el vínculo emocional y los cuidados cotidianos son responsabilidad de ambos.
La comunicación con el niño existe ya antes de nacer. La madre siente sus movimientos, mientras el bebé reacciona progresivamente a los movimientos del cuerpo materno y a los sonidos del entorno. El estado emocional de la embarazada está relacionado con procesos fisiológicos que pueden influir en el desarrollo del niño. La exposición prolongada a un estrés intenso y a circunstancias de vida adversas puede ser uno de los factores de riesgo para su desarrollo posterior.
La literatura más antigua sobre desarrollo prestaba especial atención a las diferencias en el desarrollo psicomotor y emocional de los niños nacidos de embarazos no deseados. Estos resultados deben entenderse en el contexto de circunstancias familiares y vitales complejas, no como un destino predeterminado. El desarrollo temprano no depende de un solo acontecimiento o sentimiento, sino de la interacción prolongada entre factores biológicos, cuidados parentales y experiencias del niño.
El primer encuentro y la construcción del vínculo emocional
El nacimiento marca el comienzo de una relación completamente nueva entre la madre y el niño. El bebé, que durante meses ha formado parte del cuerpo materno, pasa a ser una persona diferenciada, con sus propias necesidades, reacciones y ritmos. Para la madre, este encuentro suele estar lleno de emociones intensas y diversas. Junto a la alegría pueden aparecer agotamiento, dolor, inseguridad, miedo y un gran sentido de responsabilidad. Comienza entonces un periodo de adaptación en el que la madre conoce a su hijo y el bebé aprende gradualmente a reconocer a quien le cuida.
El vínculo emocional no se desarrolla al mismo ritmo por ambas partes. La madre puede sentir un apego intenso inmediatamente después del parto, mientras el niño muestra cada vez con más claridad, a lo largo de los meses siguientes, reconocimiento, cercanía y deseo de contacto. Los procesos biológicos, los cambios hormonales, las experiencias personales y los cuidados diarios influyen en la formación de ese vínculo.
El contacto físico directo tiene un valor especial. Cuando el bebé está sobre el pecho de su madre, siente el calor de su cuerpo y los ritmos familiares de su respiración y sus latidos. Este contacto puede ayudarle a calmarse y a establecer una primera cercanía. El contacto piel con piel y la permanencia del recién nacido junto a su madre son elementos importantes de la atención posnatal actual. En este principio se basan también programas como la iniciativa «Hospitales amigos de los niños» de UNICEF, que promueven el contacto temprano, la lactancia y la permanencia conjunta de madre y bebé. Investigaciones anteriores relacionaron el contacto temprano frecuente entre la madre y el recién nacido con la calidad de su vínculo emocional posterior.
Sin embargo, la cercanía no se limita a las primeras horas o días. Puede desarrollarse y reforzarse en cada encuentro posterior, cada toma, cada contacto y cada respuesta atenta a las necesidades del bebé. Por eso, una separación inevitable por motivos médicos tras el parto no significa que se haya perdido la posibilidad de construir un vínculo emocional fuerte. Para el recién nacido son especialmente valiosos el calor, la previsibilidad y la presencia de alguien que le cuide. Las separaciones repentinas o prolongadas pueden resultar estresantes para ambos, por lo que es importante facilitar el contacto en cuanto las condiciones de salud lo permitan.
Cómo aprende el niño a confiar en sus padres
Uno de los procesos de desarrollo más importantes del primer año de vida es la construcción gradual de una comprensión mutua. Al principio, los padres intentan reconocer qué quiere su bebé. El llanto puede expresar hambre, cansancio, malestar o necesidad de cercanía. Los movimientos del cuerpo, la expresión facial, la mirada y los sonidos también transmiten mensajes. Con la experiencia, los padres ganan seguridad al reconocer estas señales.
Al mismo tiempo, el niño empieza a percibir la relación entre su propio comportamiento y las respuestas del entorno. Cuando llora de hambre y un progenitor le alimenta, va experimentando que su necesidad puede ser reconocida. Cuando está alterado y recibe consuelo, aprende que el malestar no dura para siempre y que hay alguien que puede ayudarle. Estas experiencias sientan las bases del sentimiento de seguridad.
Hacia el segundo mes de vida, la comunicación social se hace más evidente. El bebé observa durante más tiempo el rostro de sus padres, responde a su voz, su sonrisa y sus movimientos, y muestra mayor interés por el contacto directo. Las tomas, los cambios de pañal, el juego y las palabras suaves se convierten en oportunidades para comunicarse cara a cara. El progenitor responde al bebé y el bebé responde a él. Sus reacciones se van coordinando.
Entre el tercer y el noveno mes, este ajuste mutuo suele ser cada vez más eficaz. Los padres reconocen mejor qué significa un movimiento, un sonido o una expresión, mientras el niño anticipa con más facilidad sus reacciones. Al principio son frecuentes los malentendidos. Un progenitor puede pensar que el bebé tiene hambre cuando está cansado, u ofrecerle un juguete cuando en realidad necesita tranquilidad o cercanía.
Estos momentos no son un problema por sí mismos. Lo importante es que la comunicación continúe. El progenitor observa que su respuesta no ha ayudado, prueba de otra manera y encuentra lo que el bebé necesita. Así aprenden ambos. El niño descubre que su comportamiento puede influir en el entorno, mientras el adulto desarrolla la capacidad de reconocer sus necesidades y responder a ellas.
La repetición de experiencias satisfactorias reduce el tiempo necesario para entenderse y hace que la comunicación sea más rica y compleja. El niño no aprende solo a conseguir lo que necesita. Desarrolla poco a poco un sentido de sí mismo, de su capacidad para influir en lo que sucede y de su conexión con los demás.
La comunicación empieza mucho antes de las primeras palabras
Los padres se comunican con su bebé incluso sin decir nada. La manera de levantarlo, sostenerlo en brazos, mirarlo o acercarse a él transmite su estado de ánimo y sus intenciones. El bebé todavía no entiende el significado de las frases, pero puede reaccionar al tono de voz, al ritmo de los movimientos, a la expresión facial y a la tensión corporal. Hablar deprisa, hacer movimientos bruscos y mostrarse agitado puede aumentar a veces su malestar. Una voz tranquila, movimientos previsibles y un contacto suave suelen facilitar que se calme.
Por eso, la estabilidad emocional de los padres es una parte importante de la comunicación temprana. No significa que nunca puedan estar cansados, preocupados o inseguros. Significa intentar reconocer su propio estado y no permitir que determine constantemente la calidad de sus respuestas al niño. Una buena comunicación no consiste en saber siempre y de inmediato qué necesita el bebé. Es mucho más importante prestar atención, intentar comprender y ajustar la respuesta.
El niño nace sin entender con claridad la diferencia entre él mismo y el mundo que le rodea. A medida que se desarrolla, conoce poco a poco su cuerpo, sus reacciones y a quienes le cuidan. Al principio, el progenitor es una de las partes más importantes de esa experiencia. Cuando el bebé indica que tiene hambre y después recibe alimento, se crea una conexión sencilla pero importante: su comportamiento ha provocado una respuesta. Muchas experiencias así construyen la sensación de que el entorno puede ser comprensible y previsible. Esa sensación se convierte en un apoyo importante para las relaciones futuras, para conocer a otras personas y para afrontar dificultades.
En la edad adulta, las personas suelen apoyarse, de forma consciente o inconsciente, en las experiencias de su infancia. En momentos de incertidumbre pueden recordar cómo sus padres les consolaban, aconsejaban o mostraban confianza. A veces esos recuerdos aportan seguridad interior incluso cuando los padres no están físicamente presentes.
Por eso, la relación cotidiana con un niño pequeño tiene un significado que va más allá de cada momento concreto. Alimentar, amamantar, cuidar, dar masajes, jugar juntos y hablar con cariño no son solo formas de atender necesidades inmediatas. También ofrecen oportunidades para establecer cercanía y favorecer el desarrollo físico, emocional y social.
Cuando el niño no recibe la respuesta que necesita
No siempre es fácil reconocer las necesidades del niño, especialmente cuando el progenitor atraviesa una etapa difícil. Los síntomas depresivos, una ansiedad intensa, el estrés prolongado, el agotamiento emocional o las preocupaciones graves pueden dificultar que perciba y comprenda sus señales. Cuando esto ocurre con frecuencia y sin apoyo adecuado, la calidad de la comunicación puede deteriorarse.
El bebé intenta establecer contacto, pero no obtiene respuesta o recibe una que no se ajusta a su necesidad. Por ejemplo, busca cercanía y recibe un juguete. Está cansado y necesita calmarse, pero el adulto intenta entretenerlo. Está alterado y, en lugar de consuelo, recibe una sucesión de estímulos nuevos.
Desde fuera, estos cuidados pueden parecer muy atentos porque el progenitor ofrece algo constantemente. Sin embargo, la cantidad de cosas ofrecidas no sustituye la comprensión de la necesidad real. Un niño puede tener muchos juguetes, ropa y actividades cuidadosamente organizadas y, aun así, echar en falta conexión emocional. El capítulo original destaca especialmente la diferencia entre prestar mucha atención y ofrecer la respuesta que el niño necesita de verdad. La ausencia prolongada de respuestas sensibles y adecuadas puede afectar negativamente a su sentimiento de seguridad y su desarrollo emocional.
Es importante, no obstante, distinguir las dificultades ocasionales de un patrón persistente de negligencia. Un progenitor que atraviesa una depresión o un agotamiento no es automáticamente inaccesible en lo emocional ni incapaz de cuidar bien a su hijo. Con apoyo adecuado, tratamiento cuando sea necesario y la participación de otras personas cercanas, es posible atender las necesidades del niño y mantener un vínculo fuerte.
Confiar en las capacidades del niño
Un desarrollo saludable no depende solo de cuánto protegen los padres al niño, sino también de cuánto confían en sus capacidades. En los primeros años, el niño intenta algo nuevo casi a diario. Quiere alcanzar un objeto fuera de su alcance, darse la vuelta, levantarse, gatear, caminar o explorar por su cuenta. Al principio no conoce bien ni sus propios límites ni los del entorno. Precisamente esa curiosidad impulsa nuevas capacidades.
El progenitor que reconoce cuándo su hijo está preparado para el siguiente paso y le permite explorar con seguridad presta un apoyo importante a su desarrollo. Esto supone confiar en lo que todavía tiene que aprender, sin esperar que domine algo antes de estar preparado. En vez de eliminar todas las dificultades por él, le permite intentarlo, equivocarse, cambiar de estrategia y volver a probar. Con el tiempo, el niño experimenta que sus capacidades crecen y que los obstáculos no siempre son motivo para rendirse.
Los primeros pasos hacia la autonomía
Alrededor del primer año, el niño se mueve cada vez más y empieza a alejarse gradualmente de la persona con la que se siente más seguro. Primero se separa unos pocos pasos y después explora un espacio cada vez mayor. Sin embargo, durante estas pequeñas aventuras suele volverse, buscar la mirada de sus padres o regresar a su lado. Su autonomía se desarrolla precisamente a partir de la sensación de tener un lugar seguro al que volver.
A medida que madura, el niño desarrolla la capacidad de mantener el sentimiento de conexión con el progenitor aunque estén separados. En esta etapa, algunos niños se encariñan especialmente con un objeto: un peluche, una manta, un trozo de tela o un chupete. Se conoce como objeto transicional. Puede ofrecer consuelo al dormirse, durante una separación o en otros momentos en los que el niño necesita más seguridad. El olor, el tacto o la presencia familiar de su juguete preferido le ayudan a adaptarse mejor a la ausencia temporal del progenitor.
Cómo aprenden los niños los límites
Crecer implica explorar sin cesar. El niño quiere descubrir qué puede hacer, hasta dónde puede llegar, cómo funcionan los objetos y cómo responderán los demás a sus acciones. También pone a prueba los límites del comportamiento. Su temperamento, su curiosidad innata y sus capacidades de desarrollo influyen en la forma y la intensidad de esa exploración.
Otra influencia importante procede de los padres. Mediante sus prácticas educativas establecen qué es aceptable, cómo se respetan las necesidades ajenas y en qué situaciones el niño puede decidir por sí mismo. La forma de fijar esos límites suele estar relacionada con sus experiencias y con la educación que recibieron.
Algunas familias adoptan una crianza muy permisiva, con pocas normas o restricciones. Esto puede crear dificultades si el niño nunca aprende que los demás también tienen necesidades, derechos y un espacio personal. Si está acostumbrado a que cada deseo se satisfaga al instante, puede esperar lo mismo fuera de la familia. Con otros niños, en la escuela infantil o en otros entornos, quizá le cueste entender por qué no puede decidirlo todo. Sin oportunidades para aprender autocontrol y consideración hacia los demás, le resultará más difícil adaptar su conducta a distintas situaciones sociales.
Cuando los padres ceden siempre
A veces los padres quieren poner un límite, pero lo abandonan en cuanto el niño llora o protesta. Pueden estar cansados, sentir pena por él o culpa, o simplemente tener dificultades para tolerar su malestar. Si esto se repite continuamente, el niño puede aprender que protestando con suficiente fuerza conseguirá lo que quiere.
Por ejemplo, el niño pide algo que el progenitor no permite. Cuando empieza a llorar, el adulto cambia de decisión, intenta entretenerlo aún más o le ofrece otra cosa solo para que deje de protestar. Si estas respuestas se vuelven habituales, el niño no tiene ocasión de aprender a aceptar un límite. Más adelante, cuando el progenitor intenta cambiar este patrón con mayor firmeza, la resistencia puede intensificarse.
Pasar de repente de una permisividad excesiva a castigos duros y una disciplina severa complica aún más la situación. El niño recibe mensajes contradictorios: lo permitido ayer provoca hoy enfado o castigo. Además, las reacciones intensas de los padres pueden reforzar sin querer la conducta que intentan detener. Es más importante desarrollar una actitud tranquila y coherente que responder a cada protesta con medidas cada vez más contundentes.
Algunos límites no son negociables
El niño necesita espacio para expresar sus deseos, sentimientos y opiniones. Sin embargo, hay situaciones en las que debe decidir una persona adulta. Un niño pequeño no puede tomar por sí solo decisiones sobre seguridad y salud.
Por ejemplo, no es aceptable introducir un objeto metálico en un enchufe. Una revisión médica necesaria no puede evitarse solo porque el niño se oponga, y las obligaciones adecuadas a su edad requieren cierta constancia. En estas situaciones, una negociación prolongada no suele contribuir a resolver el problema.
El progenitor puede explicar la decisión con claridad y calma, reconocer que al niño no le gusta y después actuar en consecuencia. No hace falta competir a gritos, amenazar ni convertir cada reacción en una discusión. Cuando el adulto mantiene la calma, transmite que la situación está bajo control. Por el contrario, una agitación excesiva, los gritos y las reacciones intensas pueden aumentar la tensión del niño.
Es importante distinguir entre aceptar los sentimientos y permitir cualquier comportamiento.
Un niño puede sentirse enfadado, decepcionado o triste por un límite. Eso no significa que el límite deba desaparecer.
Decidir por uno mismo y aprender de las consecuencias naturales
Del mismo modo que el niño necesita conocer los límites, debe tener oportunidades para tomar decisiones adecuadas a su edad. Cada ocasión favorece la autonomía y la comprensión de las consecuencias de sus actos.
El capítulo original utiliza la alimentación como ejemplo. Hay que permitir que el niño exprese que no quiere comer, en lugar de convertir cada comida en un pulso. Si rechaza la comida ofrecida, el progenitor puede dar por terminada la comida con calma y ofrecerle alimento en el siguiente momento adecuado, teniendo en cuenta la edad, la salud y las necesidades nutricionales reales del niño. El objetivo no es castigarle con hambre, sino evitar la coacción y desarrollar una relación más saludable con la comida.
Un principio parecido puede aplicarse al juego. Si el niño se niega enfadado a jugar juntos, el adulto no tiene por qué insistir ni tratar de convencerlo sin fin. Puede respetar su elección del momento y darle espacio para decidir cuándo quiere retomar el contacto. Así, el niño descubre gradualmente que sus decisiones importan, pero que no siempre puede controlar el comportamiento ajeno.
Se distinguen así dos enfoques de crianza muy diferentes. En uno, el progenitor adapta constantemente el entorno a los deseos del niño, eliminando casi cualquier obstáculo o incomodidad. En el otro, le ayuda poco a poco a desenvolverse en un mundo que no siempre se ajusta a sus necesidades inmediatas. Si el niño nunca se enfrenta a decepciones o limitaciones, después puede resultarle más difícil soportar situaciones que no puede cambiar.
La tarea de los padres no es eliminar toda dificultad de la vida del niño, sino ofrecerle seguridad y apoyo mientras desarrolla la capacidad para afrontarla.
La autoestima se construye con las experiencias cotidianas
La imagen que el niño forma de sí mismo se construye en gran medida en la relación con las personas más cercanas. Ya desde que es un bebé observa con atención las expresiones de sus padres, el tono de voz, los gestos y la manera en que los adultos se dirigen a él. A partir de esas reacciones va descubriendo cómo le ven los demás.
Cuando los padres reconocen su esfuerzo, le animan o muestran satisfacción por un logro, el niño recibe la confirmación de que es capaz y merece atención. Es especialmente útil permitirle realizar por sí mismo tareas para las que está preparado según su desarrollo. La oportunidad de intentarlo y conseguirlo refuerza el sentimiento de competencia personal.
En cambio, el menosprecio constante, las burlas y las comparaciones con otros niños pueden debilitar su confianza. Llamarle tonto, incapaz o inferior a un hermano, una hermana o un compañero puede dejar una huella emocional profunda. Esas palabras no son inofensivas solo porque no impliquen un castigo físico.
Por eso, el progenitor debe distinguir el valor del niño de la acción que quiere corregir. Puede dejar claro que una conducta no es aceptable sin transmitir que el niño es malo o vale menos como persona. El niño necesita aprender que los errores forman parte de crecer y que el amor de sus padres no termina por una equivocación.
Fijarse en lo que el niño hace bien
Los padres suelen reaccionar más rápido ante la conducta indeseada que ante lo que el niño hace bien cada día. Una travesura, una desobediencia o una pelea atraen atención casi de inmediato, mientras el esfuerzo, la paciencia y la cooperación a veces pasan desapercibidos. Conviene preguntarse cuántas veces al día el niño oye una crítica y cuántas recibe reconocimiento por algo bien hecho. Hasta a un adulto le costaría recibir comentarios negativos constantemente, aunque vinieran de alguien que desea su bien.
En lugar de centrar la atención casi exclusivamente en los errores, resulta útil fijarse de forma consciente en las acciones positivas. Por ejemplo, un progenitor puede observar que el niño ha hecho la cama solo, ha esperado con paciencia su turno en un juego o ha ayudado a otro niño. Reconocer esos actos y nombrarlos con claridad le ayuda a entender qué ha hecho bien. El elogio es especialmente valioso cuando es sincero, concreto y está ligado a un esfuerzo o comportamiento real.
Las recompensas no tienen por qué ser materiales. Un abrazo, una sonrisa, una palabra de ánimo o la alegría compartida por un logro suelen significar mucho más que un regalo. El niño aprende así a relacionar su esfuerzo y colaboración con la satisfacción, no solo con evitar un castigo.
Las normas son necesarias, pero deben ser claras
Toda familia necesita algunas normas de convivencia. Su propósito no es controlar por controlar, sino ayudar al niño a desarrollar autodisciplina, comprender las consecuencias y respetar a los demás. Los niños pondrán a prueba los límites de vez en cuando, aunque los conozcan bien. Forma parte del desarrollo y no significa necesariamente que los padres estén haciendo algo mal.
Las normas deben ser comprensibles, adecuadas a la edad y lo bastante claras para que el niño sepa qué se espera de él. Por ejemplo, una familia puede acordar que no se vea la televisión durante las comidas, que no se permitan golpes ni insultos o que el juego termine a una hora determinada.
Es igual de importante que el niño sepa qué ocurrirá si incumple una norma. A veces basta con un recordatorio o una advertencia. En otras ocasiones puede ser necesario limitar temporalmente una actividad, interrumpir un juego o retirar un privilegio, como ver dibujos animados. Las consecuencias deben ser razonables, estar relacionadas con la conducta y aplicarse sin humillar ni intimidar.
Lo más importante es la coherencia. Si una misma conducta se ignora por completo un día y recibe una respuesta severa al siguiente, al niño le cuesta entender los límites. La constancia le permite anticipar las reacciones de sus padres y desarrollar gradualmente el control de su comportamiento.
Por qué importa el tiempo juntos
La vida familiar actual suele estar llena de obligaciones que dificultan encontrar suficiente tiempo juntos. El trabajo, las tareas domésticas y las prisas diarias pueden hacer que la familia apenas se reúna incluso para una comida sencilla. Sin embargo, esos momentos cotidianos suelen ser especialmente importantes para el niño. A veces basta con levantarse diez minutos antes para desayunar juntos, o dejar los platos para después y dar un pequeño paseo tras cenar.
Un niño que recibe poca atención puede empezar a buscarla mediante comportamientos indeseados. Si el progenitor repara en él casi exclusivamente cuando causa un problema, esa atención puede contribuir involuntariamente a mantener la misma conducta.
Por eso conviene reservar tiempo dedicado únicamente a estar juntos. Algunas familias eligen un día a la semana para una actividad especial con la madre o el padre. El niño puede participar en la elección de lo que harán. Lo importante es que sepa que ese tiempo les pertenece a los dos. La cercanía también se mantiene con pequeños gestos: una nota para el niño, su juguete preferido preparado para cuando vuelva a casa o un sencillo ritual compartido.
A medida que los niños crecen, cambia su manera de buscar la cercanía de sus padres. Los adolescentes suelen parecer menos interesados en las actividades familiares que los niños pequeños. Aun así, también necesitan que sus padres estén disponibles cuando quieren hablar o compartir algo. Ir juntos a un concierto, jugar a juegos de mesa o participar en otras actividades puede ayudar a mantener la comunicación y dar a los padres la oportunidad de conocer mejor los intereses y amigos de su hijo.
Los padres que trabajan no deben creer que una buena relación exige disponer de mucho tiempo libre. Preparar palomitas, jugar a las cartas, dar un paseo corto o mirar escaparates juntos pueden convertirse en buenos recuerdos familiares. A menudo no importa tanto lo especial que sea la actividad como la presencia real de cada uno para el otro.
Los niños aprenden más de lo que hacen sus padres que de lo que dicen
Los niños pequeños aprenden en gran medida observando e imitando. Cuanto más pequeños son, más se apoyan en lo que ven a su alrededor, sobre todo en el comportamiento de sus padres. Por eso, la forma en que los adultos hablan, expresan enfado, resuelven desacuerdos y tratan a los demás pasa a ser una parte importante de la crianza.
Un progenitor que grita a menudo cuando se altera difícilmente puede esperar que su hijo aprenda por sí solo otra forma de expresar el enfado. Las investigaciones han encontrado una asociación entre la exposición a patrones de conducta agresiva en la familia y el desarrollo de agresividad en los niños.
No basta, por tanto, con decir al niño que sea educado, paciente, amable u honesto. Debe poder ver esos valores en los actos cotidianos de los adultos. El respeto se muestra en la manera de hablar, la amabilidad en el trato a los demás y la honestidad en la coherencia entre palabras y acciones.
El niño aprende generosidad cuando ve que un progenitor ayuda sin esperar recompensa. Aprende gratitud cuando los adultos dan las gracias de forma sincera. Aprende a valorar las diferencias cuando en casa no se menosprecia a los demás por sus características, decisiones u origen. Lo mismo ocurre con la tolerancia, la cordialidad y la capacidad de tratar a los demás con comprensión.
El ejemplo de los padres no tiene que ser perfecto para ser valioso. Es mucho más importante que los adultos actúen de acuerdo con los valores que desean transmitir. En definitiva, una de las formas más sencillas de revisar la propia conducta es preguntarse si se querría que el hijo tratara algún día a los demás de la misma manera.
Conclusión
Las bases de una crianza saludable se construyen mucho antes de que el niño pueda entender normas y explicaciones. Nacen de la relación cotidiana en la que descubre gradualmente que sus necesidades importan, que sus sentimientos tienen valor y que hay personas en las que puede confiar. A medida que crece, a esa seguridad se suman nuevas necesidades de desarrollo: explorar, ganar autonomía, tomar decisiones, aceptar límites y comprender a los demás.
El papel de los padres cambia, por tanto, continuamente. Al principio lo más importante es reconocer y satisfacer las necesidades del recién nacido indefenso. Más adelante cobra mayor importancia permitir que el niño desarrolle sus capacidades, aprenda de la experiencia y asuma responsabilidades poco a poco. El amor y los límites no son aspectos opuestos de la crianza. Aplicados con comprensión y coherencia, crean juntos un entorno donde el niño puede desarrollar confianza y seguridad.
Los padres no pueden eliminar todas las dificultades futuras de la vida de su hijo ni garantizar de antemano el resultado de cada decisión que tome. Sí pueden ofrecerle algo de valor duradero: la experiencia de sentirse querido, la capacidad de comprenderse a sí mismo y a los demás, y la confianza en sus posibilidades. De esas primeras experiencias se van formando las bases de su vida futura.



