Las bases de una crianza saludable
La crianza no comienza cuando un niño dice su primera palabra, da su primer paso o aprende a distinguir lo que está permitido de lo que no. Sus bases se construyen mucho antes, en los primeros encuentros, las caricias, las miradas y las experiencias cotidianas a través de las cuales el niño se va conociendo a sí mismo y al mundo.

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Antes de aprender a comprender las palabras, el niño ya percibe la seguridad, la cercanía, la inquietud y el estado de ánimo de quienes lo rodean. A partir de esas primeras vivencias comienza a construir la confianza, a desarrollar un sentido de su propio valor y a dar forma a la manera en que más adelante se relacionará con otras personas.
Por eso, una buena crianza no puede reducirse a un conjunto de reglas o técnicas para lograr que un niño obedezca. Implica comprender su desarrollo, reconocer sus necesidades, construir un vínculo afectivo e introducir de manera gradual límites que le permitan crecer como una persona autónoma, segura y responsable.
En este proceso son igual de importantes la estabilidad emocional de los padres y la manera en que responden al comportamiento de su hijo. El niño no crece separado de su entorno familiar. Su desarrollo y las experiencias cotidianas de sus padres se entrelazan constantemente.
La relación entre padres e hijos comienza antes del nacimiento
El vínculo entre los padres y su hijo empieza a tomar forma durante el embarazo y, en cierto sentido, incluso antes de la concepción. Quienes esperan ser padres imaginan cómo será su hijo, qué temperamento tendrá y cómo será su vida juntos. Esas expectativas se van incorporando a la relación afectiva que construyen con él.
Durante el embarazo, la experiencia de ser padres se vuelve más cercana. La madre atraviesa cambios físicos, hormonales y emocionales que la preparan para la llegada del bebé. Su atención se orienta cada vez más al cuidado, la protección y la cercanía con su hijo. El padre también se prepara para esta nueva etapa. Su papel, sobre todo en la concepción tradicional de la familia, suele asociarse con brindar seguridad y apoyo a la madre y al niño. Sin embargo, el vínculo afectivo y el cuidado cotidiano son responsabilidad de ambos padres.
La comunicación con el niño existe desde antes del nacimiento. La madre siente sus movimientos, mientras que el bebé responde de manera gradual al movimiento del cuerpo materno y a los sonidos del entorno. El estado emocional de la embarazada está relacionado con procesos fisiológicos que pueden influir en el desarrollo del niño. La exposición prolongada a un estrés intenso y a condiciones de vida desfavorables puede constituir uno de los factores de riesgo para su desarrollo posterior.
La literatura sobre desarrollo de épocas anteriores prestaba especial atención a las diferencias en el desarrollo psicomotor y emocional de los niños nacidos de embarazos no deseados. Es importante entender esos hallazgos en el contexto de circunstancias familiares y de vida complejas, y no como un destino predeterminado para el niño. El desarrollo temprano no está determinado por un solo acontecimiento o sentimiento, sino por la interacción sostenida entre los factores biológicos, el cuidado de los padres y las experiencias que vive el niño.
El primer encuentro y la construcción del vínculo afectivo
El nacimiento marca el comienzo de una relación completamente nueva entre la madre y su hijo. El bebé, que durante meses formó parte del cuerpo de su madre, pasa a ser un ser separado, con sus propias necesidades, reacciones y ritmo. Para la madre, este encuentro suele estar lleno de emociones intensas y diversas. Junto con la alegría pueden aparecer agotamiento, dolor, inseguridad, miedo y una gran sensación de responsabilidad. Es en este período cuando comienza un proceso de adaptación en el que la madre conoce a su hijo y el bebé aprende poco a poco a reconocer a quien lo cuida.
El vínculo afectivo no se desarrolla al mismo ritmo en la madre y en el bebé. La madre puede empezar a sentir un fuerte apego inmediatamente después del parto, mientras que, durante los meses siguientes, el niño muestra cada vez con más claridad que la reconoce, busca cercanía y desea el contacto. Los procesos biológicos, los cambios hormonales, las experiencias personales y los cuidados cotidianos influyen en la formación de ese vínculo.
El contacto físico directo tiene un valor especial. Al recostarse sobre el pecho de su madre, el bebé siente el calor de su cuerpo y el ritmo familiar de su respiración y sus latidos. Ese encuentro puede ayudarlo a calmarse y a establecer una primera cercanía. El contacto piel con piel y la permanencia del recién nacido junto a su madre son elementos importantes del cuidado posparto actual. En este principio se basan también programas como la Iniciativa Hospital Amigo del Niño de UNICEF, que apoyan el contacto temprano, la lactancia materna y la permanencia conjunta de la madre y el bebé. Investigaciones anteriores relacionaron el contacto temprano y frecuente entre la madre y el recién nacido con la calidad de su vínculo afectivo posterior.
Sin embargo, la cercanía no se limita a las primeras horas o días. Puede desarrollarse y fortalecerse con cada encuentro posterior, cada momento de alimentación, cada caricia y cada respuesta atenta a las necesidades del bebé. Por eso, incluso una separación inevitable por motivos médicos después del parto no significa que se haya perdido la posibilidad de construir un vínculo afectivo fuerte. Para el recién nacido son especialmente valiosos la calidez, la previsibilidad y la presencia de quien lo cuida. Las separaciones repentinas o prolongadas pueden resultar estresantes para la madre y el bebé, por lo que es importante facilitar el contacto en cuanto las condiciones de salud lo permitan.
Cómo aprende el niño a confiar en sus padres
Uno de los procesos de desarrollo más importantes durante el primer año de vida es la construcción gradual de una comprensión mutua. Al principio, los padres intentan reconocer qué quiere su bebé. El llanto puede expresar hambre, cansancio, incomodidad o necesidad de cercanía. Los movimientos del cuerpo, la expresión del rostro, la mirada y los sonidos que emite también transmiten mensajes. A medida que adquieren experiencia, los padres se sienten más seguros al reconocer esas señales.
Al mismo tiempo, el niño empieza a percibir la relación entre su propio comportamiento y las respuestas de su entorno. Cuando llora de hambre y uno de sus padres lo alimenta, va experimentando que su necesidad puede ser reconocida. Cuando se altera y recibe consuelo, aprende que el malestar no dura para siempre y que hay alguien que puede ayudarlo. Estas experiencias son la base de su sensación de seguridad.
Alrededor del segundo mes de vida, la comunicación social se vuelve más evidente. El bebé observa por más tiempo el rostro de sus padres, responde a su voz, sus sonrisas y sus movimientos, y muestra cada vez más interés por el contacto directo. Alimentarlo, cambiarlo, jugar y hablarle con ternura se convierten entonces en oportunidades para comunicarse cara a cara. Los padres responden al bebé y el bebé les responde a ellos. Sus reacciones se van coordinando poco a poco.
Entre los tres y los nueve meses de vida, esta adaptación mutua suele volverse cada vez más eficaz. A los padres les resulta más fácil reconocer lo que significa un movimiento, un sonido o una expresión, mientras que el niño anticipa cada vez mejor cómo responderán. Al principio, los malentendidos son frecuentes. Un padre o una madre puede pensar que el bebé tiene hambre cuando en realidad está cansado, u ofrecerle un juguete cuando lo que necesita es tranquilidad o cercanía.
Esos momentos no son un problema en sí mismos. Lo importante es que la comunicación continúe. El padre o la madre nota que su respuesta no ayudó, prueba de otra manera y encuentra lo que le sirve al bebé. Así, ambos aprenden. El niño descubre que su comportamiento puede influir en su entorno. A su vez, quien lo cuida desarrolla la capacidad de reconocer sus necesidades y responder a ellas.
Al repetirse las experiencias satisfactorias, se reduce el tiempo que necesitan para comprenderse y la comunicación se vuelve más rica y compleja. El niño no solo aprende a obtener lo que necesita. También va desarrollando un sentido de su propia existencia, de su capacidad para influir en lo que lo rodea y de su conexión con los demás.
La comunicación comienza mucho antes de las primeras palabras
Los padres se comunican con su bebé incluso cuando no dicen una sola palabra. La forma en que lo levantan, lo sostienen en brazos, lo miran o se acercan a él expresa su estado de ánimo y sus intenciones. El bebé todavía no comprende el significado de las frases, pero puede responder al tono de voz, al ritmo de los movimientos, a las expresiones del rostro y a la tensión corporal. Hablar muy rápido, moverse bruscamente o actuar con agitación a veces puede aumentar su malestar. Una voz tranquila, movimientos predecibles y un contacto suave suelen ayudarlo a calmarse.
Por eso, la estabilidad emocional de los padres es una parte importante de la comunicación temprana. Esto no significa que nunca deban sentirse cansados, preocupados o inseguros. Significa que procuran reconocer su propio estado y evitar que determine constantemente la calidad de sus respuestas al niño. La buena comunicación no consiste en saber siempre y de inmediato qué necesita el bebé. Es mucho más importante prestar atención, intentar comprenderlo y ajustar la respuesta.
El niño nace sin comprender con claridad la diferencia entre él mismo y el mundo que lo rodea. A lo largo de su desarrollo va conociendo su cuerpo, sus reacciones y a las personas que lo cuidan. Al principio, sus padres son una de las partes más importantes de esa experiencia. Cuando el bebé expresa hambre y luego recibe alimento, se establece una relación sencilla pero importante: su comportamiento generó una respuesta. A partir de muchas experiencias como esta, se desarrolla la sensación de que el entorno puede ser comprensible y predecible. Esa sensación se convierte en un apoyo importante para las relaciones futuras, para conocer a otras personas y para enfrentar las dificultades.
En la vida adulta, las personas suelen apoyarse, de manera consciente o inconsciente, en sus experiencias de la infancia. En momentos de incertidumbre pueden recordar cómo sus padres las consolaban, las aconsejaban o les demostraban confianza. Esos recuerdos a veces brindan una sensación de seguridad interior, incluso cuando los padres no están físicamente presentes.
Por eso, la relación cotidiana con un niño pequeño tiene un valor que va más allá de cada momento. La alimentación, la lactancia materna, los cuidados, los masajes, el juego compartido y las conversaciones cariñosas no solo satisfacen necesidades inmediatas. También ofrecen oportunidades para construir cercanía y favorecer el desarrollo físico, emocional y social.
Qué sucede cuando el niño no recibe la respuesta que necesita
Reconocer las necesidades del niño no siempre es sencillo, sobre todo cuando su padre o su madre atraviesa una etapa difícil. Los síntomas depresivos, la ansiedad intensa, el estrés prolongado, el agotamiento emocional o la preocupación por problemas graves pueden dificultar que los padres perciban y comprendan las señales de su hijo. Cuando esto ocurre con frecuencia y sin el apoyo adecuado, la calidad de la comunicación entre ellos puede deteriorarse.
El bebé intenta establecer contacto, pero no recibe una respuesta o la que recibe no corresponde a su necesidad. Por ejemplo, busca cercanía y le dan un juguete. Está cansado y necesita calmarse, pero sus padres intentan entretenerlo. Está alterado y, en lugar de consuelo, recibe una sucesión de estímulos nuevos.
Desde afuera, este cuidado puede parecer especialmente atento, porque los padres le ofrecen algo al niño constantemente. Sin embargo, la cantidad de cosas que le dan no puede reemplazar la comprensión de su verdadera necesidad. Un niño puede tener muchos juguetes, ropa y actividades cuidadosamente organizadas y, aun así, carecer de conexión emocional. El capítulo original destaca en particular la diferencia entre brindar mucha atención y dar la respuesta que el niño realmente necesita. La falta prolongada de respuestas sensibles y adecuadas puede afectar negativamente su sensación de seguridad y su desarrollo emocional.
Es importante, sin embargo, distinguir las dificultades ocasionales de un patrón persistente de negligencia. Un padre o una madre que atraviesa una depresión o un período de agotamiento no está automáticamente ausente en lo emocional ni es incapaz de cuidar bien a su hijo. Con el apoyo adecuado, tratamiento cuando sea necesario y la participación de otras personas cercanas, es posible proteger las necesidades del niño y preservar un vínculo fuerte.
Confiar en las capacidades del niño
Un desarrollo saludable no depende solo de cuánto protegen los padres al niño, sino también de cuánto confían en sus capacidades. Durante los primeros años de vida, el niño intenta hacer algo nuevo casi todos los días. Quiere alcanzar un objeto que está fuera de su alcance, darse vuelta, ponerse de pie, gatear, caminar o explorar por su cuenta. Al principio no conoce con claridad sus propios límites ni los de su entorno. Es precisamente esa curiosidad la que impulsa el desarrollo de nuevas capacidades.
Los padres que reconocen cuándo su hijo está listo para dar el siguiente paso y le permiten explorar con seguridad brindan un apoyo importante para su desarrollo. Esta relación implica confiar en lo que el niño todavía tiene que aprender, sin esperar que domine algo antes de estar preparado. En lugar de eliminarle todas las dificultades, le permiten intentar, equivocarse, cambiar de estrategia y volver a probar. Con el tiempo, el niño experimenta que sus capacidades crecen y que los obstáculos no siempre son un motivo para rendirse.
Los primeros pasos hacia la autonomía
Alrededor del primer año de vida, el niño se mueve cada vez más y empieza a alejarse poco a poco de la persona con la que se siente más seguro. Al principio se aleja solo unos pasos y luego explora un espacio cada vez mayor. Aun así, durante estas pequeñas exploraciones suele mirar hacia atrás, buscar la mirada de sus padres o regresar a su lado. Su autonomía se desarrolla precisamente a partir de la sensación de que existe un lugar seguro al que puede volver.
A medida que madura, el niño desarrolla poco a poco la capacidad de mantener la sensación de conexión con su padre o su madre incluso cuando están separados. En esta etapa, algunos niños se apegan especialmente a un objeto: un peluche, una mantita, un pedazo de tela o un chupón. A esto se le llama objeto transicional. Puede brindarle consuelo al quedarse dormido, durante una separación o en otros momentos en que necesite más seguridad. El olor, la textura o la presencia familiar de su juguete favorito lo ayudan a adaptarse con mayor facilidad a la ausencia temporal de sus padres.
Cómo aprenden los niños los límites
Crecer implica explorar constantemente. El niño quiere descubrir qué puede hacer, hasta dónde puede llegar, cómo funcionan los objetos y cómo reaccionarán los demás a sus acciones. Al hacerlo, también pone a prueba los límites de su comportamiento. Su temperamento, su curiosidad innata y las capacidades propias de su desarrollo influyen en la forma y la intensidad de esa exploración.
Los padres ejercen otra influencia importante. A través de sus prácticas de crianza, establecen qué es aceptable, cómo se respetan las necesidades de los demás y en qué situaciones el niño puede decidir por sí mismo. La manera de establecer esos límites suele estar relacionada con las experiencias personales de los padres y con la crianza que ellos recibieron.
Algunas familias adoptan un estilo muy permisivo, con pocas reglas y restricciones. Esto puede generar dificultades si el niño nunca aprende que los demás también tienen necesidades, derechos y un espacio personal. Un niño acostumbrado a que todos sus deseos se cumplan de inmediato puede esperar el mismo trato fuera de su familia. Al convivir con otros niños, en el preescolar o en otros entornos, puede resultarle difícil comprender por qué no siempre puede decidirlo todo. Sin oportunidades para aprender a controlarse y a considerar a los demás, le costará más adaptar su comportamiento a distintas situaciones sociales.
Cuando los padres siempre ceden
A veces los padres quieren establecer un límite, pero renuncian a él en cuanto el niño llora o comienza a oponerse. Puede ser por cansancio, porque les da pena, por culpa o simplemente porque les cuesta tolerar su disgusto. Si esta situación se repite constantemente, el niño puede aprender que, si protesta con suficiente intensidad, terminará consiguiendo lo que quiere.
Por ejemplo, el niño pide algo que sus padres no le permiten. Cuando empieza a llorar, cambian la decisión, hacen más esfuerzos por entretenerlo o le ofrecen otra cosa solo para que deje de protestar. Si estas respuestas se vuelven habituales, el niño no tiene la oportunidad de aprender a aceptar un límite. Más adelante, cuando los padres intenten cambiar este patrón con mayor firmeza, la resistencia puede ser aún más intensa.
Pasar bruscamente de una permisividad excesiva a castigos duros y una disciplina severa dificulta aún más la situación. El niño recibe mensajes contradictorios: lo que ayer estaba permitido hoy provoca enojo o un castigo. Además, las reacciones intensas de los padres pueden reforzar sin querer el comportamiento que intentan detener. Por eso, es más importante desarrollar una forma de actuar tranquila y consistente que responder a cada protesta con medidas cada vez más severas.
Algunos límites no son negociables
El niño necesita espacio para expresar sus deseos, sentimientos y opiniones. Sin embargo, hay situaciones en las que la decisión debe tomarla una persona adulta. La seguridad y la salud no son asuntos sobre los que un niño pequeño pueda decidir por sí solo.
Por ejemplo, no es aceptable introducir un objeto metálico en un tomacorriente. No se puede evitar una revisión médica necesaria solo porque el niño se oponga, y las responsabilidades adecuadas para su edad requieren cierta constancia. En estas situaciones, prolongar la negociación a menudo no ayuda a resolver el problema.
El padre o la madre puede explicar su decisión con claridad y calma, reconocer que al niño no le gusta y luego actuar de acuerdo con ella. No es necesario competir a gritos, amenazar ni convertir cada reacción del niño en una discusión. Cuando la persona adulta mantiene la calma, transmite que la situación está bajo control. En cambio, la agitación excesiva, los gritos y las reacciones intensas pueden aumentar la tensión del niño.
Es importante distinguir entre aceptar los sentimientos y permitir cualquier comportamiento.
El niño puede sentirse enojado, decepcionado o triste por un límite. Eso no significa que el límite deba desaparecer.
Decidir por sí mismo y aprender de las consecuencias naturales
Así como el niño necesita conocer los límites, también necesita oportunidades para tomar decisiones adecuadas para su edad. Cada una de esas oportunidades favorece su autonomía y la comprensión de las consecuencias de sus propios actos.
El capítulo original utiliza la alimentación como ejemplo. Es necesario permitir que el niño exprese que no quiere comer, en lugar de convertir cada comida en una competencia entre él y sus padres. Si rechaza la comida que se le ofrece, el padre o la madre puede dar por terminado ese momento con calma y volver a ofrecerle alimento en la siguiente ocasión adecuada, teniendo en cuenta su edad, su estado de salud y sus necesidades nutricionales reales. El objetivo no es castigarlo con hambre, sino evitar la imposición y desarrollar una relación más saludable con la alimentación.
Un principio similar puede aplicarse al juego. Si el niño se niega con enojo a jugar juntos, sus padres no tienen que insistir ni tratar de convencerlo sin fin. Pueden respetar su elección de ese momento y darle espacio para que decida cuándo quiere retomar el contacto. Así, el niño descubre poco a poco que sus decisiones tienen valor, pero también que no siempre puede controlar el comportamiento de los demás.
Se distinguen así dos enfoques de crianza muy diferentes. En uno, los padres adaptan constantemente el entorno a los deseos del niño, eliminando casi todos los obstáculos y las incomodidades. En el otro, lo ayudan de manera gradual a aprender a desenvolverse en un mundo que no siempre se ajusta a sus necesidades inmediatas. Si el niño nunca enfrenta decepciones ni límites, más adelante puede resultarle más difícil tolerar situaciones cuyas circunstancias no puede cambiar.
La tarea de los padres no es eliminar todas las dificultades de la vida de su hijo, sino brindarle seguridad y apoyo mientras desarrolla la capacidad de enfrentarlas.
La autoestima se construye con las experiencias de cada día
La imagen que el niño desarrolla de sí mismo se forma en gran medida a través de la relación con las personas más cercanas. Desde que es bebé, observa con atención las expresiones del rostro de sus padres, su tono de voz, sus gestos y la forma en que los adultos se dirigen a él. A partir de esas reacciones va descubriendo cómo lo ven los demás.
Cuando sus padres reconocen su esfuerzo, lo animan o muestran satisfacción por lo que ha logrado, el niño recibe la confirmación de que es capaz y merece atención. Es especialmente útil permitirle realizar por sí mismo las tareas para las que ya está preparado según su desarrollo. El niño que tiene la oportunidad de intentar algo y lograrlo desarrolla la sensación de ser capaz.
En cambio, menospreciarlo, ridiculizarlo y compararlo constantemente con otros niños puede debilitar su confianza en sí mismo. Llamarlo tonto, incapaz o inferior a su hermano, su hermana o a otros niños de su edad puede dejar una huella emocional profunda. Esas palabras no son inofensivas solo porque no impliquen un castigo físico.
Por eso, los padres deben distinguir el valor del niño de la conducta que quieren corregir. Es posible decir con claridad que un comportamiento no es aceptable sin transmitirle que él es malo o que vale menos como persona. El niño necesita aprender que los errores son parte del crecimiento y que el amor de sus padres no termina por una acción equivocada.
Reconoce lo que tu hijo hace bien
Los padres suelen reaccionar más rápido ante un comportamiento no deseado que ante lo que su hijo hace bien cada día. Una travesura, una desobediencia o una pelea captan la atención casi de inmediato, mientras que el esfuerzo, la paciencia y la colaboración a veces pasan inadvertidos. Vale la pena pensar cuántas veces al día el niño recibe una crítica y cuántas veces se le reconoce algo que hizo bien. Recibir comentarios negativos constantemente tampoco sería agradable para una persona adulta, aunque vinieran de alguien que le desea lo mejor.
En lugar de centrar la atención casi exclusivamente en los errores, es útil hacer un esfuerzo consciente por notar las acciones positivas. Por ejemplo, los padres pueden observar que el niño tendió su cama sin ayuda, esperó con paciencia su turno en un juego o ayudó a otro niño. Reconocer esas acciones y nombrarlas con claridad lo ayuda a comprender qué hizo bien. El elogio tiene especial valor cuando es sincero, concreto y está relacionado con un esfuerzo o un comportamiento real.
Las recompensas no tienen que ser materiales. Un abrazo, una sonrisa, una palabra de ánimo o la satisfacción compartida por un logro suelen tener mucho más significado que un regalo. Así, el niño aprende a relacionar su propio esfuerzo y su colaboración con una sensación de satisfacción, y no solo con evitar un castigo.
Las reglas son necesarias, pero deben ser claras
Toda familia necesita algunas reglas de convivencia. Su propósito no es controlar por controlar, sino ayudar al niño a desarrollar autodisciplina, comprender las consecuencias y respetar a los demás. Los niños pondrán a prueba los límites de vez en cuando, incluso cuando los conozcan bien. Esto forma parte de su desarrollo y no necesariamente significa que sus padres estén haciendo algo mal.
Las reglas deben ser comprensibles, adecuadas para la edad y lo suficientemente claras como para que el niño sepa qué se espera de él. Por ejemplo, la familia puede acordar que no se vea televisión durante las comidas, que no se permita golpear ni insultar o que el juego termine a una hora determinada.
Es igual de importante que el niño sepa qué ocurrirá si no cumple una regla. En algunas situaciones basta con un recordatorio o una advertencia. En otras puede ser necesario limitar temporalmente una actividad, interrumpir un juego o retirar un privilegio, como ver dibujos animados. Estas consecuencias deben ser razonables, estar relacionadas con el comportamiento y aplicarse sin humillar ni intimidar.
Lo más valioso es la consistencia. Si un mismo comportamiento se ignora por completo un día y provoca una reacción severa al siguiente, al niño le costará comprender los límites. La consistencia le permite anticipar las respuestas de sus padres y desarrollar poco a poco el control de su propio comportamiento.
El tiempo juntos tiene un valor especial
La vida familiar actual suele estar llena de obligaciones que dificultan que padres e hijos encuentren suficiente tiempo para estar juntos. El trabajo, las tareas del hogar y las prisas cotidianas pueden hacer que la familia rara vez se reúna, incluso para compartir una comida sencilla. Sin embargo, para el niño esos momentos de todos los días suelen ser especialmente importantes. A veces basta con levantarse diez minutos antes para desayunar en familia o dejar para después los platos sucios y salir a dar un paseo corto después de cenar.
Un niño al que le falta atención puede empezar a recurrir a comportamientos no deseados para atraerla. Si sus padres lo notan casi únicamente cuando causa un problema, esa atención puede contribuir sin querer a mantener el mismo comportamiento.
Por eso, es útil reservar tiempo destinado únicamente a compartir. Algunas familias eligen un día de la semana para una actividad especial con la mamá o el papá. El niño puede participar en la elección de lo que harán juntos. Lo importante es que sepa que ese tiempo les pertenece a él y a su padre o su madre. La cercanía también se mantiene con pequeños gestos de atención: una nota para el niño, su juguete favorito preparado para cuando vuelva a casa o un sencillo ritual compartido.
A medida que los niños crecen, también cambia la manera en que buscan la cercanía de sus padres. Los adolescentes suelen parecer menos interesados en pasar tiempo en familia que los niños pequeños. Aun así, también necesitan que sus padres estén disponibles cuando quieran conversar o compartir algo. Ir juntos a un concierto, compartir juegos de mesa o realizar otras actividades puede ayudar a mantener la comunicación y darles a los padres la oportunidad de conocer mejor los intereses y los amigos de su hijo.
Los padres que trabajan no tienen por qué creer que una buena relación solo es posible con mucho tiempo libre. Preparar palomitas de maíz juntos, jugar a las cartas, dar un paseo corto o mirar las vitrinas de las tiendas pueden convertirse en lindos recuerdos familiares. Muchas veces, lo decisivo no es qué tan especial sea la actividad, sino cuánto estén realmente presentes el uno para el otro mientras la comparten.
Los niños aprenden más de lo que hacen sus padres que de sus indicaciones
Los niños pequeños aprenden en gran medida al observar e imitar. Cuanto más pequeños son, más se apoyan en lo que ven a su alrededor, especialmente en el comportamiento de sus padres. Por eso, la manera en que los adultos conversan, expresan el enojo, resuelven los desacuerdos y tratan a los demás se convierte en una parte importante de la crianza.
Un padre o una madre que suele gritar cuando se altera difícilmente puede esperar que su hijo aprenda por sí solo otra manera de expresar el enojo. Las investigaciones han encontrado una relación entre la exposición a patrones de comportamiento agresivo en la familia y el desarrollo de agresividad en los niños.
Por eso no basta con decirle al niño que debe ser respetuoso, paciente, amable u honesto. Necesita tener la oportunidad de ver esos valores en las acciones cotidianas de los adultos. El respeto se demuestra en la forma de hablar, la amabilidad en el trato hacia los demás y la honestidad en la coherencia entre las palabras y los hechos.
El niño aprende a ser generoso cuando ve que sus padres ayudan a otros sin esperar una recompensa. Aprende gratitud cuando los adultos dan las gracias con sinceridad. Aprende a valorar las diferencias cuando en su hogar no se menosprecia a nadie por sus características, sus decisiones o su origen. Lo mismo ocurre con la tolerancia, el trato amistoso y la capacidad de actuar con comprensión hacia los demás.
El ejemplo de los padres no tiene que ser perfecto para ser valioso. Es mucho más importante que su comportamiento sea coherente con los valores que quieren transmitir a su hijo. En definitiva, una de las formas más sencillas de revisar una acción propia es preguntarse si uno quisiera que su hijo tratara así a otras personas algún día.
Conclusión
Las bases de una crianza saludable se construyen mucho antes de que el niño pueda comprender reglas y explicaciones. Nacen de una relación cotidiana en la que descubre poco a poco que sus necesidades importan, que sus sentimientos tienen valor y que hay personas en quienes puede confiar. A medida que crece, a esa sensación de seguridad se suman nuevas necesidades de desarrollo: explorar, ganar autonomía, tomar decisiones, aceptar límites y comprender a los demás.
Por eso, el papel de los padres cambia constantemente. Al principio, lo más importante es reconocer y atender las necesidades de un recién nacido indefenso. Más adelante, cobra cada vez más importancia permitir que el niño desarrolle sus propias capacidades, aprenda de la experiencia y asuma responsabilidades de manera gradual. El amor y los límites no son aspectos opuestos de la crianza. Cuando se aplican con comprensión y consistencia, crean juntos un entorno en el que el niño puede desarrollar confianza en sí mismo y una sensación de seguridad.
Los padres no pueden eliminar todas las dificultades futuras de la vida de su hijo ni garantizar de antemano el resultado de cada decisión que tome. Sin embargo, pueden ofrecerle algo de valor duradero: la experiencia de saberse amado, la capacidad de comprenderse a sí mismo y a los demás, y la confianza en sus propias posibilidades. Es a partir de esas primeras experiencias que se van formando las bases de su vida futura.



